Cuando me propusieron escribir sobre una mujer que admiro tuve muy claro quién iba a ser la elegida. La verdad es que podría escribir sobre muchas mujeres: artistas, científicas, deportistas, emprendedoras, psicoanalistas… Y por supuesto sobre cualquiera de las mujeres de mi familia, pues todas tienen algo que admirar. Y es que las mujeres somos impresionantes. Pero he decidido escribir sobre mi abuela materna, que con una sonrisa recuerdo como “La Matriarca”.

¿Y por qué ella? Me pregunto. Porque una voz me lo dice muy fuerte desde mi interior, porque merece un homenaje que pocas veces le damos a las personas que están cerca de nosotras. Claro que está muy bien mirar a las que han cambiado la historia, pero muchas veces las mujeres que nos rodean influyen y cambian historias, la nuestra, por ejemplo.

Mi abuela fue una niña de la guerra. Desde muy chiquitita fue enviada a Francia junto a sus hermanos, lejos de sus padres y cada uno separado del otro, viviendo en casas contiguas. Eso, según dice mi madre, fue una suerte: “al menos no los separaron”. Sin embargo no me quiero imaginar el trauma que eso supuso para ella.

Cuando la guerra acabó y volvieron a España, mi abuela trabajó toda su vida como pescadera. Primero vendía el pescado yendo por la calle con un carro. Daba igual el tiempo que hiciera, lluvia, frío, nieve o sol. Siendo asturiana y, en aquella época, me imagino que las grandes heladas fueron muchas veces sus compañeras y cuando no eran ellas, sería la lluvia. Dice mi padre que vendía el pescado cayéndole la nieve por encima. ¿Cómo no voy a sentir admiración y compasión por una mujer que tuvo que vivir esta vida? ¿Cómo no inspirarme si, aún con toda la desgracia que tuvo que vivir, cantó y rió hasta el último de sus días?

Pero no solo eso. Cuentan que cogía el tren para vender pescado en el pueblo de al lado y que, cuando acababa su jornada laboral, ayudaba a una vecina que era un poco tímida a vender sus frutos secos. ¿De dónde sacaba la energía esta mujer?
Me pregunto.

A día de hoy, en mi pueblo, aún hay gente que recuerda a mi abuela. Según me han contado regalaba pescado a las familias donde sabía que había alguien enfermo. Siempre cuidó a sus hijos, también a sus nietos. Siempre dispuesta a cantar y hacer alguna broma y por supuesto, siempre con un plato de comida para cualquiera que entrase en su casa.

Ojalá mi abuela supiera lo mucho que me ha influido. Es el ejemplo de cómo ser una mujer empoderada sin olvidarse de sus seres queridos. Es el equilibrio entre el me cuido yo, pero los demás también son importantes. Es, porque sigue viva en mi recuerdo y corazón, el ejemplo de que siempre hay algo por lo que merece la pena vivir, que podemos levantarnos y seguir, que hay que tener esperanza porque el futuro puede ser mejor y, en el presente, podemos buscar cosas que nos sostengan.

Siempre, siempre, siempre, la vida merece la pena y por muy duro que fuera el pasado, podemos ir a mejor.

Como todas las mujeres mi abuela tenía mucho que aprender, pero con la vida que tuvo aprendió lo que a ella le sirvió para vivir. Y esto es algo que yo me tengo que recordar: ella es un ejemplo, pero es un ejemplo creado por y para su vida. Cogeré de ella toda la sabiduría que dejó, pero entenderé que no todo tengo que aplicarlo a mi vida.

Y ese es el regalo que nos dejan las mujeres que nos inspiran: son ejemplos a seguir pero siempre tenemos que ver que nosotras también somos una mujer y que, al final, tenemos que sentir qué cosas sí y qué cosas no queremos coger y ser de aquellas que nos precedieron.

Porque lo más importante es que, aunque nos inspiren, nosotras tenemos que Ser Nosotras (mismas), así, con mayúscula.

Gracias güelita* por Ser tan auténtica. Porque gracias a que tú fuiste, yo soy y seré.

*Abuela en asturiano.

 

Autora: Sara Sarmiento Borge